La continuidad del río conecta montaña con mar, nuestro torrente sanguíneo cerebro y pies, nuestras vidas se conectan entre sí haciendo la ciudad. Lo de dentro no tiene sentido sin lo de fuera, lo de fuera sin lo de dentro, lo político sin lo personal, ni lo personal sin lo político. Todo está conectado. Por ello, un cauce de agua por cristalina que sea pero sin ecosistema de ribera no se puede llamar río, sino canal. Y una ciudad no es una ciudad sin las vidas y la participación que le dan un sentido.

Qué bueno sería que nuestra ciudad fuese un ecosistema vivo, con ciudadanos y ciudadanas que la deciden. Un amasijo de asfalto, ladrillos y hierros sin ciudadanos y ciudadanas no es una ciudad, es una superficie urbanizada (urbs, para los griegos), esto es, los elementos físicos de la ciudad. Pero por algún perverso truco neoliberal se nos hace pensar que la mera superficie urbanizada ya es ciudad. La ciudad no es ciudad sin su civitas, sin sus ciudadanos y ciudadanas. Al igual que ha ocurrido con la palabra política (surgida de Nomos, que significa Ley, y Polis, ciudad), desnaturalizada hasta nuestros días según ha convenido al poder para alejar a las personas de la gestión de su casa (que no cosa) pública.

Parece que la urbs, la urbanización, ha devorado a la civitas, el ejercicio de ciudadanía, bajo su crecimiento expansivo, nos decía Murray Bookchin ya en 1984, devorando también tierras fértiles y protegidas. Parece que a medida que la urbs crece, la civitas se empequeñece. Siendo la ciudad el espacio del que inevitablemente emerge lo político, no podemos sino ver claramente la descompensación existente en la desarrollo de nuestra ciudad, entre políticas y ciudadanía.

De la misma forma que no concibo la conservación de nuestro Tormes sin el cuidado de sus márgenes y vegetación de ribera, de su caudal ecológico, de preservarlo de la contaminación y de la regulación que le impide desarrollar su dinámica natural, no entiendo el desarrollo de una ciudad sin democracia, sin la decisión de sus habitantes. Sin ponernos de acuerdo en lo que necesitamos todos y todas, esos bienes de los que nos habla la Economía del Bien Común.

La descompensación que ha supuesto un desarrollo basado en el urbanismo en lugar de en otras alternativas económicas ha desembocado en una ciudad descompensada y absolutamente dependiente en los aspectos energéticos, de abastecimiento alimentario, de tejido productivo local, de I+D, etc., generando desempleo, desafección sobre nuestro entorno y dependencia absoluta ante un futuro más bien incierto en lo que a recursos naturales se refiere. También alejando los centros de decisiones de la ciudadanía.

Intuyo que nuestra felicidad como sociedad, como comunidad, como ciudad, sería mucho mayor si nuestros y nuestras jovenes pudiesen trabajar aquí aportando al desarrollo de la comunidad el conocimiento que la Universidad de Salamanca les proporciona, en lugar de perder este potencial, como estamos haciendo. De esta forma ahora mismo probablemente estaríamos conociendo alternativas de desarrollo sostenibles y socialmente justas que, al mismo tiempo, diversifican nuestro tejido económico. Nuevas formas de organización, iniciativas para potenciar los empleos ligados a lo local, a lo que nuestro territorio nos ofrece, bajo condiciones económicas dignas, que nos permitirían detener el terrible descenso de la población, el envejecimiento de nuestra ciudad, reduciendo así, además la huella ecológica de Salamanca (La huella ecológica de España es 3,5; esto es, que necesita 3,5 veces su superficie para poder abastecer a todas su población, lo que ocasiona que los países del Norte estén consumiendo la superficie del planeta que corresponde por derecho a los países del Sur). No hablo de volver a las cavernas, hablo de ser más felices.

Lo que nos hace felices es la satisfacción de nuestras necesidades. Personalmente, yo no me siento más feliz cuando leo que el PIB ha subido, que tal o cual empresa cotiza en bolsa, que el IBEX-35 sube, que nuestras exportaciones han aumentado equis. Yo me siento feliz cuando consigo dar salida a mis necesidades creativas, afectivas, de ocio, formación, participación, etc. Y resulta que Max Neef ya había categorizado perfectamente las necesidades humanas, intrínsecamente relacionadas con el ser social que somos (subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad, libertad). Pero el marketing nos hace desear el satisfactor y no satisfacer nuestra necesidad.

Gente sin casa, jovenes desempleados, padres y madres de familia trabajando duramente con penosas condiciones económicas, escasez de transporte público, pobreza energética, elevados precios de los productos culturales, falta de espacios creativos, entorno ambiental degradado, obstáculos a la participación de todos los sectores de la población…muchas de nuestras necesidades no están siendo cubiertas en Salamanca. Y, sin embargo, tenemos muchos coches, móviles, ordenadores, ropa de temporada, y productos alimenticios exóticos traídos de cientos de kilómetros. En nuestra sociedad de hoy, los satisfactores (medio para satisfacer una necesidad) que el mercado nos proporciona no cumplen su función, responden a los intereses de los poderes económicos, y no parece que estén aportándonos lo que necesitamos por muchos productos que haya en las tiendas y que podemos comprar porque son muy baratos (preguntémonos porqué).

Tenemos el derecho y la capacidad de moldear la ciudad a la satisfacción de nuestras necesidades, de la manera que decidamos de forma colectiva, participativa y democrática. Que a nadie le asuste esto. La palabra economía proviene de oikos (casa) ynomos (ley); por lo tanto, la economía es la gestión de la casa. Ni más ni menos. Economía no es PIB, ni prima de riesgo, ni crecimiento económico. Esos términos son simplemente una traducción que responde a unos intereses, pero no es la única economía posible. Nos podríamos preguntar, ¿A quién beneficia esta economía? Ya nos estamos dando cuenta de que no es a nosotros y nosotras.

Debemos recuperar el espacio público para tomar estas decisiones. Busquemos una economía que nos beneficie al común de la ciudadanía bajo el binomio ganar-ganar (sólo posible de forma social, económica y ambientalmente sostenible). Ganas tú y gano yo. Ganar-ganar. En base a esto, vamos a trabajar.

Ganemos en la búsqueda de nuestro principal objetivo: vivir bien y la felicidad. Hagamos de Salamanca una ciudad. Que la ciudadanía pueda soberanamente decidir las mejores formas de satisfacer sus necesidades. Y utilicemos los indicadores que nos sirvan para medir las mejoras que así conseguimos en nuestro bienestar. Tenemos la capacidad para ello, al igual que tenemos el derecho a ser felices.