De transiciones, realidades y bloqueos

Transición según el diccionario es la acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto; el paso más o menos rápido de una prueba, idea o materia a otra, en discursos o escritos; el cambio repentino de tono y expresión.

Los montes quemados no tardan veinte años en recuperarse, ningún régimen corrupto se cambia de la noche a la mañana por unas elecciones; por supuesto, no se crean miles de puestos de trabajo en cuatro años. Sin embargo, la electricidad sube de precio y las reservas de mundiales de petróleo escasean, el tiempo de parar el cambio climático ya pasó y ya sólo sabemos producir para el mercado, que no sabe del bienestar de las generaciones futuras, ni de los límites de la naturaleza.

Los jóvenes nos precarizamos y emigramos a otros países, aquellos con menos estudios ya se encuentran excluidos del empleo, la vivienda, la salud o la política, los extranjeros ni siquiera son considerados personas, mucho menos ciudadanos, a duras penas vecinos. Las mujeres y sus hijos, cuando los pueden tener, sufren discriminación, incomprensión y pobreza. La sociedad española subsiste por la solidaridad y el apoyo mutuo que se prestan entre sí familiares y amigos, también entre compañeros y compañeras afectadas. Millones de excluidos y minorías elitistas que disfrutan esquiando en Suiza, antes de aprovechar para acumular los depósitos correspondientes en sus bancos favoritos; mientras, aguardan en sus escaños cuatro años más de salario millonario, a expensas del erario público o en el consejo de administración subsiguiente. No era otra cosa lo que hacía Bárcenas, no es otra cosa lo que hace Lanzarote, ni hace y hará Mañueco, nuestro ahora alcalde, en el futuro.

El esfuerzo fiscal de las clases medias es superior al de numerosos países de nuestro entorno, pero la recaudación es muy inferior. La clase política mira para otro lado y los inspectores se ceban con los pequeños errores de personas y PYMES mientras nos dicen se van recuperando los números del IBEX-35; “la economía” respira, pero tenemos claro que no es cierto, que esto no es una crisis, es una estafa, y ellos son los responsables, nosotros la mercancía tirada de precio, sus beneficios llenan nuestras cajas de difuntos.

Reaccionamos, tarde e ingenuamente, y con las herramientas disponibles por conocidas, simbólicas, sólo relativamente desobedientes. Uso público de la razón para denunciar lo razonablemente denunciable, desobediencia civil para luchar contra el desahucio de la vivienda o la exclusión sanitaria; los mínimos de convivencia se han roto, no somos antisistema, el sistema es antinosotros. Democracia secuestrada por el autoritarismo electoral de unos partidos políticos que se han instituido como poderes del que parecen derivar los demás: el gobierno, el parlamento y hasta los jueces; y quien paga manda, pues esos partidos son financiados por empresas y bancos que se benefician de normativas laborables beneficiosas, infraestructuras aberrantes o jugosas contratas públicas, economía del privilegio; y todo encubierto por los medios de comunicación de masas, que sobreviven también gracias al oportuno apoyo de la normativa y el dinero público.

Democracia representativa le llaman… y votamos cada cuatro años, pero sabemos que los socialdemócratas ya no son socios, ni demócratas.

El bloqueo y la frustración es palmaria, el sistema político ha fracasado, no funciona, dimitir sólo es un nombre ruso. Millones de personas salen a la calle exigiendo dignidad y esto no tiene mayor consecuencia que ser acusados de terrorismo y la aprobación de nuevas reformas represivas del Código Penal y otras leyes de seguridad; seguridad de los privilegiados, para amordazar la protesta y criminalizar la pobreza, del Estado social al Estado penal. Nuestro Ayuntamiento nos prohíbe instalar mesas informativas y nos sanciona con multas.

Todo es ETA, repite el Ministro del Interior.
Todos los políticos son corruptos.
Nada se puede hacer.
Roba, antes de que te roben a ti.

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De ilusiones y propuestas

La agenda, las reuniones y la documentación generada por políticos y funcionarios en los centros institucionales es accesible a todas las personas. Los espacios opacos, ocultos a la mirada indiscreta de periodistas, organizaciones y molestos activistas, se reducen, tornándose más complicado el crimen político organizado; cada pocas semanas políticos y altos funcionarios acuden a las plazas y centros cívicos a dar cuenta del trabajo y las labores desempeñadas; las críticas arrecian y los representantes dimiten y se revocan.

Los ingresos y gastos son conocidos y discutidos; buena parte del presupuesto se decide por los beneficiarios del mismo; los proyectos de normas son informados y puestos a debate público, mientras que las consultas ciudadanas son corrientes y no es el gobierno municipal quien las solicita con más frecuencia. El pueblo manda, el gobierno obedece.

La gestión de los servicios públicos se comparte y descentraliza en zonas y barrios: representantes públicos, funcionarios, organizaciones sociales y personas interesadas se reúnen para discutir, y también decidir, sobre los asuntos comunes: el agua, las basuras, las aceras, el tráfico, los parques… No es un gobierno de expertos, si no de personas..

La administración se simplifica y realiza su declaración responsable: todo lo que no está prohibido está permitido, y aquello es lo menos, tolerancia en la convivencia es la norma, el espacio público es un lugar de encuentro, el primer espacio de participación. Las oficinas se vacían de tramitadores y los funcionarios salen a la calle a hacer su trabajo, servir al público que les paga. La justicia es igual para todos.

La alimentación suficiente de todas las personas está garantizada por los recursos locales: huertos, producción local y canales cortos de comercialización y distribución de alimentos. La vivienda social de miles de familias sin hogar en España es un hecho y todos pueden pagar un alquiler razonable, tras negociar en pie de igualdad con las entidades financieras, esas que previamente recibieron miles de millones de euros del presupuesto público. Vergüenza, dignidad y justicia.

Las personas son personas, ni ciudadanos, ni vecinos, ni inmigrantes; los derechos son respetados y no hay trato discriminatorio en el acceso a los cuidados, la educación, la salud y el amor que no sabe de fronteras… es nuestro buen vivir.

No hay que pedirlo, pero esta vez quizá podemos elegirlo. Sólo quizá.
Aquí y ahora, podemos ganar Salamanca.

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