Estamos inmersos en una neolengua en la que las palabras han perdido todo su sentido, como es el caso de la sustitución de la palabra suburbio por urbanización

[1]. En EEUU, donde se sigue utilizando el término “suburb” para referirse a las urbanizaciones, se entiende mejor su significado: un suburbio es una zona que no está totalmente urbanizada, una sub-urbe. Esto implica que no tiene una zona comercial, servicios públicos, espacios culturales o de ocio, etc. Aunque a veces puede contar con una piscina, un parque o una tienda, es básicamente, una zona simplemente residencial, no una urbe.

Una ciudad no se puede entender sin todo el espacio público que necesitamos más allá de una residencia. Y sin embargo, nuestras ciudades, y en particular Salamanca, se están convirtiendo en monstruos que se extienden disfuncionalmente, demandando un sacrificio constante en forma de transporte entre urbe y suburbe, un sacrificio que se traduce en tiempo, dinero y contaminación.

Cada vez que salgo del trabajo se me cae el alma a los pies al ver la procesión de coches con Rafael Farina a la cabeza en el Paseo de la Vaguada de la Palma. Multitud de padres y niños que ven sus opciones reducidas a usar el coche todos los días por un modelo de ciudad que ignora todas las necesidades de un ciudadano más allá de un techo en las afueras.

Evidentemente algunos ciudadanos han optado por este modo de vida petróleo-dependiente, pero muchos otros se ven forzados a la suburbe por unos precios de la vivienda extremadamente altos, los más altos de Castilla y León y entre los más caros de España [2]. Curioso panorama para una ciudad que pierde habitantes.

Pero esto no deja de ser una consecuencia más del delirio inmobiliario que nos ha llevado en parte a la crisis actual. En este delirio, algunas personas pudientes han acumulado un activo inmobiliario con el que se han enriquecido, si no lo eran ya. Se han enriquecido de una manera tal que, ante la crisis y la bajada de la demanda, han podido convertir este activo en un pasivo inmobiliario, aguardando para unos “ficticios” tiempos mejores.

Sin embargo, esta usura inmobiliaria, lejos de ayudar a la recuperación, al mantener artificialmente baja la oferta, estrangula al inquilino, al comerciante y a las nuevas familias, que no pueden permitirse los precios de alquiler o venta, y se ven abocados a emigrar o cerrar sus comercios. Es decir, es un terrible impedimento para mejorar nuestra ciudad.

Este modelo irracional de ciudad en el que cree Mañueco, con un corazón centro hiperventilando donde los parques se transforman en parkings, y unos suburbios externos que languidecen, puede cambiar. Al menos se puede paliar con una democracia participativa, escuchando un poco a las ciudadanas. Una vecina de Vistahermosa nos comentaba cómo ni siquiera hay un buzón de correos en el barrio, y que el autobús no para frente al centro de salud, dificultando el acceso a los más mayores o impedidos.

Pero sobre todo, se puede revertir sacando al mercado toda la oferta de locales y vivienda vacía existente en los barrios centrales. Para esto hace falta una presión fiscal sobre la vivienda vacía que incentive su salida al mercado. Esto abaratará el precio de la vivienda y del alquiler, eliminando la mano que estrangula a muchos comercios e inquilinos, al mismo tiempo que animará a quedarse o a volver a parte de la población que desangra Salamanca. Quizás, incluso, invitará a muchos salmantinos que viven en las afueras a volver a los barrios del centro, donde tienen su trabajo, los colegios de sus hijos y los paseos por esta maravillosa ciudad, que cada vez parecen más un patrimonio exclusivo de los turistas.

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Un servidor en la urbe

Es uno de los objetivos de Ganemos Salamanca realizar este ajuste fiscal a través del IBI para toda aquella vivienda vacía por encima de la primera vivienda vacía, y para todo local vacío. Esta medida no afecta fiscalmente al 99% de la ciudad, y simplemente pide a ese 1% gran propietario que ponga en activo su capital. No es ni mucho menos una medida revolucionaria, si no más bien modesta: en el espejo de Europa tenemos ciudades y legislación mucho más agresivas contra este tipo de usura inmobiliaria [3]. En Holanda la ocupación de viviendas que estén vacías desde hace más de un año es legal. En Dinamarca, hay multas para los propietarios de viviendas que las mantengan vacías más de seis semanas (sí, habéis leído bien, seis semanas). En Francia, el gobierno puede requisar las viviendas que lleven más de 18 meses vacías.

[1] Franco, pionero en pocas cosas, sí lo fue en el uso de la neolengua. Ya en 1938 cambió el nombre del comúnmente conocido como Ministerio de la Guerra por el más benévolo Ministerio de la Defensa Nacional. En esto EEUU nos copió más tarde, en 1947, cambiando su Secretary of War por el Secretary of Defense.[2] Informe de enero de 2015 en pisos.com: http://www.pisos.com/InformesPM%5Cpreciosventa_2015%5C201501_Informe_mensual_de_venta_-_Enero.pdf[3] Javier Burón Cuadrado. El tratamiento de la vivienda vacía en la Unión Europea. http://hordago.org/el-tratamiento-de-la-vivienda-vacia-en-la-union-europea/?doing_wp_cron=1424951060.1281371116638183593750